Me llamo Sonia, tengo 44 años, y el deporte ha marcado cada etapa de mi vida. Desde muy pequeña encontré en él mi pasión, mi vía de escape y mi manera de estar presente. Hoy quiero compartir mi experiencia en Vidha Hot Yoga Zaragoza, y cómo la práctica de Hot Yoga me ha devuelto la ilusión, la fuerza y la confianza en mi cuerpo después de un largo camino de lesiones, sacrificios y aprendizajes.
El deporte como forma de vida
Con 6 años empecé artes marciales. Muy pronto el tatami se convirtió en mi segunda casa: aquella niña termino compitiendo en campeonatos de Aragón, formando parte de la selección española, incluso un campeonato internacional. El deporte fue siempre disciplina, sacrificio, esfuerzo y pasión. También muchas lesiones, pero siempre tuve claro que entrenar era lo que me hacía sentir viva.
Con los años llegaron nuevas responsabilidades: trabajo, estudios, hijos… Y tuve que adaptarme. Si no podía entrenar en horarios de club, era el momento de retirarme así que me levantaba a las 4:30 de la mañana para correr antes de entrar de trabajar. Era la única manera de seguir con mi pasión sin dejar de lado mi familia.
Adaptaciones y resiliencia
Las lesiones marcaron mi camino. Una rotura del tendón de Aquiles me llevó a la bicicleta; un accidente me rompió el sacro y me dejó días sin saber si volvería a caminar. Después de esa lesión, los inviernos se convirtieron en una tortura: dolores lumbosacros, ciáticas, contracturas… y la visita constante a fisios, antiinflamatorios y relajantes musculares.
Pero la luchadora que llevo dentro nunca se rindió. Poco a poco pasé de apenas poder caminar a volver a correr y montar en bici. Fue entonces cuando una amiga, medio en broma, me dijo: “¡Por poco más podrías ser triatleta!”. Esa frase me retó. Y así nació mi etapa en el triatlón, con el tiempo dejé atrás la obsesión por los cronómetros y las competiciones, y empecé a disfrutar, a sentirme bien conmigo misma.
El golpe más duro
Cuando parecía que mi cuerpo volvía a responder, llegó un nuevo obstáculo: el cáncer. Me operaron tres veces en un año y pasé de ser una persona activa a estar mucho tiempo en cama. El cuerpo cambió, la postura cambió, y mi abdomen quedó debilitado por las cicatrices internas. Durante dos años no pude ejercitar la zona abdominal, lo que me llevó a nuevas compensaciones musculares, dolores y frustración.
Intentaba volver al deporte, pero cada esfuerzo me dejaba dos o tres días destrozada. Mi cuerpo ya no era el mismo, y yo lo sentía cada día más débil. La desesperanza me rondaba: no encontraba un método que me ayudara a recuperar la energía y la vitalidad de antes.
El descubrimiento del Hot Yoga
Un día, buscando estiramientos con calor —porque siempre noté que el calor me ayudaba—, encontré algo que llamó mi atención: Hot Yoga. Descubrí que había un centro en Zaragoza, Vidha Hot Yoga, y allí que fui.
Desde la primera sesión sentí algo distinto: el calor me permitía estirar más, la musculatura respondía mejor y cada postura activaba zonas de mi cuerpo que creía olvidadas. Sin embargo, también me enfrenté a grandes retos: posturas como shavasana me generaban un dolor enorme al estar tumbada, y otras como camello o langosta tiraban de mis cicatrices internas. Pero ahí entró la concentración, los años de disciplina y la fortaleza mental.
Mi mente analítica de deportista observaba cada postura: qué músculos trabajaban, cómo debía respirar, cómo hacer la torsión sin sobrecargar. El reto ya no era solo físico: era dominar la mente para que el cuerpo siguiera avanzando.
Los cambios en mi vida
A los pocos días de práctica noté los primeros cambios: en apenas 15 días dejé de tomar antiinflamatorios y relajantes musculares. En un mes, mi piel estaba más tersa y limpia, mi cuerpo se desintoxicaba con el sudor y la energía después de cada ducha fría era indescriptible.
Con el tiempo, los músculos acortados por años de atletismo comenzaron a estirarse. Mis isquiotibiales se fueron soltando, mi equilibrio mejoró y, sobre todo, dejé de vivir encogida protegiendo mi abdomen. El miedo fue desapareciendo y, en su lugar, apareció una nueva ilusión.
El Hot Yoga no solo me devolvió fuerza y flexibilidad; me devolvió esperanza. La esperanza de que podía recuperar mi vida, de que mi cuerpo no estaba perdido. Sentí de nuevo la pasión que años atrás encontré en el tatami o en la línea de meta de un maratón.
Un nuevo camino
Además del beneficio físico, encontré un ambiente maravilloso. Profesores atentos, motivadores, que vieron mi pasión y me animaron a formarme como profesora. Algo que jamás hubiera imaginado después de todo lo vivido.
Hoy siento que estoy en un camino nuevo. Mis hijos ya son mayores, tengo más tiempo para dedicarme a mí y quiero poner toda esa ilusión y energía en esta disciplina que tanto me ha dado. El Hot Yoga se ha convertido en mi deporte terapéutico, en la herramienta que me permite sanar, crecer y volver a confiar en mi cuerpo.
Con gratitud y entusiasmo por lo que me ha devuelto el Hot Yoga, sigo avanzando en este camino de autoconocimiento y sanación.
Con cariño,
Sonia Sarvajña